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Hoy se cumple el primer aniversario del fallecimiento de Quique Martínez, leyenda de la natación canaria y figura venerada en el CN Metropole, y su hijo Andrés Martínez ha querido honrar su memoria con una emotiva carta dirigida a su padre que se reproduce de mantera íntegra a continuación:

QUIQUE MARTÍNEZ, Maestro Entrenador de Natación.
Andrés Martínez

Decía el filósofo que el dolor principal no es la soledad sino la ausencia. Hoy hace un año que no está. No hay olvido.
Enrique Ramón Zoilo Martínez Marrero, ahí va, nombre grande para un gran hombre. Leyenda. Exitosos tiempos. Su recuerdo evoca a una inolvidable época en la que nuestro Club logró la excelencia, con frecuencia el primero en el crono de la llegada.
Cierto que tuvo fortuna al desempeñar la profesión/vocación que quiso, pero como la vida, por lo general, es un delicado equilibrio de contraprestaciones, él a cambio aportó lo que le incumbía, lo suyo de natural: el éxito.
Era un conseguidor de resultados, si vale la expresión, basados especialmente en la precisión quirúrgica con que ejecutaba la puesta a punto de su nadador para la competición, labor que le distinguió entre sus colegas.
Quique ejercía su vocación/profesión inyectándose cada día en vena dos nutrientes poderosamente energéticos: pasión y esfuerzo. Se entregó sin restricciones a su deporte, con el vigor adolescente y la terquedad inquebrantable del que cree firmemente en lo que hace. Lo que le valió ser designado Maestro Entrenador de Natación y reiteradamente elegido por sus propios compañeros como mejor entrenador nacional.
Quique, ya de fábrica animoso y de buen talante, gozaba con su trabajo, le hacía plenamente feliz, aún a pesar de los desvelos y/o turbaciones que con los años le suponía la puesta a punto del deportista para el momento culmen de la temporada. Nunca descuidó a su familia, pero les aseguro que en sus horas ociosas, incluso cuando ya estaba fuera de foco por el inexorable tiempo, seguía “macerando natación”, rara vez desconectaba totalmente el “modo natación”.
Quique, socio cofundador, fue irreductiblemente leal a su Club (no es fácil ni grato abandonar la casa de uno), que alguna sugerente oferta hubo del exterior. Y alérgico al inmovilismo siempre estuvo al tanto de las últimas tendencias en metodología del entrenamiento, lo que supuso que se aficionara a la traducción de textos en francés o italiano sobre punteros estudios de natación.
Doctor honoris causa en respeto y equidad, entrenó a tantas generaciones como puedan caber en sesenta años, recibiendo sus deportistas igual trato estuvieran llamados o no a grandes gestas y los entrenaba acomodándose muchas veces al horario de éstos, no al suyo propio. Con nostalgia y, mucho, afecto me contó un nadador (el auténtico nunca es “ex”) que cuando no podía ir a las horas previstas de entreno del equipo, con vana esperanza (y con el deseo inconfesado de comerse algún metrillo) le decía a Quique que no acudiese, que él podía hacer, sin supervisión, el entrenamiento pautado; conclusión: rara vez dejaba de acudir su entrenador. Así era el personaje.
E ingeniero en relaciones humanas. No era un hombre sentenciador, de exposición brillante o frase lapidaria, y casi siempre reacio a la exhibición pública. Por momentos eran tremendamente más elocuentes y aleccionadores sus silencios que sus palabras. Por lo común hablaba poco y escuchaba mucho. Pero generaba una gran empatía con su deportista, la propia del hombre no impostado, no vanidoso, que es perfecto conocedor de su materia y la enseña sin afectación, sintiéndose siempre su interlocutor respetado y a su vez percibiendo el entusiasmo y entrega que proyectaba su entrenador por su deporte.
Del calendario fueron descontándose años, montones, entre corcheras, cloro y sol, cabrón e insobornable sol (la piel de Quique era el principal testigo de cargo), y la suma de su perseverante empeño y la predisposición y calidad de su nadador dio la resultante de continuados éxitos individuales y colectivos a nuestro Club. Gratitud eterna a él y a otros a quienes se les debe que el Metropole, en esos años dorados, compitiera por estar, casi, siempre en el podio de los mejores clubes de natación del Estado.
Y ya tocada la pared de llegada de su carrera de fondo y cedido el cronómetro al siguiente relevista, el cuatro veces olímpico Quique se retiró con lustrosos honores, entre ellos los de Premio Canarias en Deportes, Hijo Predilecto de la Ciudad y de la Isla y la Medalla de Plata al Mérito Deportivo por el CSD.
Fue buena gente, querido por su entorno. Su familia le tuvo como modelo a observar. Como guía de tropa. La exaltación de sus méritos en muchas facetas de su vida podría ser todavía mayor en estas breves líneas, pero sé que a él, que tan poco le gustaba el ensimismamiento, no le haría gracia tanto elogio que de corazón creo absolutamente merecido.
Y qué decir de la geniosa y buena de Filis, máster en dirección de familia, principio y fin del universo Quique, en demasiadas ocasiones injusta y lamentablemente embestida por la vida, pero no abatida mientras estuvo su marido, dejándose ir y punto y final al poco de él por causa clínica no de soledad sino de ausencia de seres queridos. Filis, morada de Quique desde el inicio de los tiempos, su contrapunto, sin cuyo carácter y determinación esta historia no hubiera sido igual. A ambos, a mis padres, amor incondicional e infinitas gracias